No fue mi culpa. Hoy sé que girar la cara ya es un “no”. Que el consentimiento no siempre se grita: a veces se encoge, se retrae, se congela.No me rompí de golpe, pero sí en partes pequeñas.
Tenía 19 años.
Habíamos salido en grupo, él era un amigo de un amigo. Todo parecía normal.
Bebimos, bailamos, reímos.
Al final de la noche, él me ofreció acompañarme a casa.
Dije que sí, porque no quería parecer borde.
En el portal, empezó a acercarse.
Yo giré la cara.
Pero él insistió.
Me besó igual. Y luego siguió tocándome.
Yo me quedé quieta.
No dije que sí.
Tampoco dije que no.
Solo pensé: “ya pasará rápido”.
Después me sentí rara. Confundida.
Pensé que era culpa mía por no haberlo frenado más claro.
Pero dentro de mí, algo no encajaba.
Me sentía invadida, usada… aunque no hubo gritos, ni violencia.
Durante mucho tiempo me repetí que no era tan grave.
Pero cada vez que lo recordaba, el cuerpo se tensaba.
No lo conté. No lo lloré. Solo lo guardé.
Años después, en terapia, lo nombré: fue un abuso.
Y por primera vez, alguien me creyó sin pedirme pruebas.
No fue mi culpa.
Hoy sé que girar la cara ya es un “no”.
Que el consentimiento no siempre se grita: a veces se encoge, se retrae, se congela.
Estoy aprendiendo a escucharme, a decir no sin sentir vergüenza,
a cuidar a esa versión de mí que se quedó callada porque tenía miedo.
No me rompí de golpe, pero sí en partes pequeñas.
Y ahora, pieza a pieza, me estoy reconstruyendo.
Con cuidado. Con palabras. Con amor propio.