Pensé que nunca volvería a reír como antes.
El trauma me robó las ganas de todo. Volví a mí poco a poco, sin prisa, sin exigirme ser la de antes.
Durante meses me sentí apagada.
No quería salir, dejé de disfrutar las cosas que antes amaba.
Tenía pesadillas y me daba miedo salir a la calle; cualquier rostro desconocido me hacía sentir en peligro.
Me aislé sin darme cuenta. Evitaba los lugares donde antes me sentía feliz.
Guardé silencio porque no sabía por dónde empezar a contar lo que me pasaba.
Un día, decidí escribir en un cuaderno.
Primero fueron frases cortas, luego recuerdos, después miedos.
Fue el primer paso para entender que lo que sentía era normal, que sanar no era lineal y que no había un plazo para dejar de doler.
Con ayuda profesional y apoyo de gente que sí me escuchó, empecé a recuperar rutinas:
volver a caminar sola, vestirme con ropa de mi talla y de color, salir con mis amig@s, volver a disfrutar…
No soy la misma de antes, y está bien.
Hoy me reconozco en el espejo, abrazo mis cicatrices y me digo: sobreviví, sigo aquí, y cada día me reconstruyo un poco más.