Pensé que nunca volvería a sentirme segura.
Mi cuerpo se sentía extraño, ajeno. Poco a poco aprendí a cuidarlo y escucharlo de nuevo.
Después de lo que pasó, ya no soportaba que nadie me tocara.
Incluso los abrazos de mis amigas me ponían rígida.
Dormía poco y me sobresaltaba con cualquier ruido.
Sentía que mi cuerpo ya no era mío.
Con el tiempo, con terapia y apoyo, empecé a hacer cosas pequeñas: salir a caminar, respirar profundo, mirarme al espejo sin juzgarme.
Aprendí que sanar no es olvidar, es reconciliarme conmigo misma.
Hoy puedo volver a abrazar sin miedo.